Como una niña con un par de ovillos nuevos

Buenos y fríos lunes.

Esta entrada la inspira una imagen, la de los fotogénicos ovillos que me compré el otro día en Merino Feroz, una maravillosa tienda de lanas con taberna o al revés, según las querencias de cada uno. Ahí no me meto.

En esta vida, unos acumulan libros, relojes antiguos o remordimientos, a mí me ha dado por la lana. Los que me conocéis, y aun así me queréis, me habéis hecho saber vuestra preocupación, de manera más o menos velada, más o menos directa. No llega a tanto la cosa, no peligra que Diógenes me atrape con su síndrome, pero me voy acercando a ese estado, lo confieso.

La culpa la tienen las lanas, tan bonitas ellas, tan distintas, tan llenas de promesas y proyectos.

Las de la foto, por ejemplo, me resultaron irresistibles. Una peruana y otra alemana. No discrimino por razón de origen o nacionalidad, como hacen otros.

En mis armarios, cajones y altillos seguiré haciendo hueco porque nunca se sabe cuándo necesitaré un ovillo en concreto para un proyecto determinado. Si llega el apocalipsis nuclear, no me pillará sin lanas. Sin comida puede que sí, pero lo primero es lo primero.

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